«El año pasado fui atacada por uno de mis pacientes. Comencé a tener pesadillas, lloraba… Decidí recuperar el control y presentar una querella contra el paciente. Mis compañeras me disuadieron, el centro y la policía local: parecía que todos consideraban que sufrir esos ataques era parte de mi trabajo. Me gusta ser enfermera pero esto no significa que tenga que sufrir abusos».
Para muchos enfermeros como Lucía (nombre ficticio), soportar agresiones, verbales o físicas se ha convertido en una rutina más, un peaje implícito en el sueldo. Muchos se resignan...